lunes, 5 de marzo de 2012

lunes, 27 de febrero de 2012



VÍCTIMAS DE VÍCTIMAS

Que se sepa, desde que existimos, la tierra siempre ha estado girando, la vida nos sigue arrastrando y el tiempo no para de asombrarnos con sus cambios; es decir que no hay nada nuevo y sin embargo todo se repite. Una muestra de ello fue su llamada:
-‘‘Hola, ¿Antonio? Soy Graciela, necesito que hablemos, esta tarde, a las tres, en La Ciénaga, ya aparté la mesa de siempre. Nos vemos. ’’
Cuando colgó, mi corazón se arrugó por volver a escuchar el tono de su voz con miedo. Hace un mes no sabía nada de ella. Una noche abandonó el apartamento y durante ese tiempo ninguno de sus familiares dio pista de su paradero. Por eso dejé el trabajo y vine cuanto antes a La Ciénaga. Como falta una hora para la cita, he pedido una copa de vino caliente mientras llega.
Nos conocimos hace tiempo, cuando me dirigía a una conferencia en la universidad. Ella participaba en la logística y yo, un joven desfasado de tiempo y espacio, tuve que preguntarle en cual auditorio se realizaba el evento. Al final ninguno de los dos asistió. En el camino no pude dejar de mirarla y ella no rechazó mi invitación a fumarnos un café y tomarnos un cigarro. Salimos durante casi un mes y en un parque, de frente al atardecer, nos dimos el primer beso.
Después de graduarnos, apenas alcancé un buen sueldo, le pedí, sentados en este mismo rincón de La Ciénaga, que fuera la escapatoria de los estragos que me faltaban sobrellevar por el momento. Tal vez eso fue lo que no tuvo el cliente que atendía cuando recibí su llamada. Es un caso singular. Mató a su padre y apenas tiene 20 años. Por fin, tras dos incansables semanas, hoy me ha mirado a los ojos y dirigido algunas palabras.
-Usted no es compatible para comprender lo que he hecho. Yo sé que sería muy difícil convencer a los idiotas que nos rodean de que este caso va más allá la ley, la ética o cualquier otro precepto. Queda demostrado, en el ensañamiento que me han tenido, que están rotundamente equivocados, que al final de la carrera llegó primero el que no estaba compitiendo. Y por supuesto que sí, no se atreva a dudarlo, estoy loco. Loco como Hitler, como Einstein, últimamente me siento Jesucristo…
Sus primeras palabras fueron reposadas, pero a la mitad del discurso, se puso de pie, golpeó la mesa que nos separaba y terminó mordiendo la pared de concreto. Sin saber muy bien qué hacer, solo se me ocurrió presentarme:
-Soy Antonio Santos, su abogado, no sé si es consciente de ello, pero quieren mandarlo a la silla eléctrica. Yo estoy aquí para evitarlo. Si usted me ayuda, el trámite resultará mucho más rápido. Cuénteme todo lo que sucedió…
El vino caliente siempre se siente bien en la boca; pediré otra copa. Mesero, mesero… ¡Desaparezca de mi vista! Por la puerta entra ella, es hermosa, trae los brazos coloreados de sol, el cabello enredado en el viento, pero su rostro, su rostro no me mira: tiene los ojos clavados al suelo. Así llega hasta la mesa, pide una copa de vino y todavía no me mira. Sólo después del primer sorbo, en voz baja dice:
-No olvido cuantas veces lo hemos discutido, pero esta vez he tomado una decisión. Eres libre de ante mano, pero estoy embarazada, tengo tres meses, y no quiero abortarlo.
Sus palabras me aturdieron por la forma cómo retraía la mano, por el aroma de su piel, me confundieron con esos ojos verdes que ahora me clavaban su brillo. Porque yo tampoco olvidaba lo que habíamos compartido. Nunca antes había pensado en tener hijos. Pero nuestra relación era tan profunda que, sin planearlo, llegamos a hacerlo muy seguido. Imaginábamos una casa en el campo, una vida tranquila con un hijo aprendiendo a caer, preparándolo para que emprendiera su propio camino. Aunque ella siempre fue quien se opuso a la idea de tener hijos. Me recordaba que el efecto del embarazo es la deformación de la mujer y la disminución de sus capacidades, también que hay millones de huérfanos que necesitan nuestro padrinazgo.
Aun así la amé en ese instante, me desconecté del entorno y viví nuestros sueños en la casa de campo, llevando una existencia afable. Al principio mi hijo era lo que suele denominarse normal: le encantaba la televisión y quería convertirse en astronauta. Por la noche, antes de dormirse, me contaba sus problemas del colegio. Pero sin que pudiera evitarlo todo se fue desfigurando. Una temporada interminable de fracasos en la Corte me volvió receloso y malgeniado. Como aliciente empecé a embriagarme hasta el amanecer, muy lejos de casa. Cuando regresaba me decepcionaba el nuevo aspecto de Graciela, tal como me había advertido: su abdomen estaba abultado por las estrías y sus senos se habían estropeado por la succión de nuestro hijo. Tal vez por eso, muchas mañanas, al despertarme, la encontraba con los labios reventados y sus hermosos ojos deshechos.
El mismo infierno debió padecer el chico con el que me entrevistaba en la cárcel, pues apenas me presenté, esposado, saltó sobre la mesa para continuar su diatriba:
-Mi padre era igual que usted. Terminó con honores la universidad y de inmediato ganó varios juicios que lo dispararon hasta el escalafón high de la ciudad: sonrisa perfecta y carro último modelo. Una basura perfecta para la vida maquinal de la sociedad moderna. Y lo peor es que estaba orgulloso de sus logros, el imbécil, y quiso que yo siguiera sus pasos. Siempre el niño en los mejores colegios, en la universidad más privada, recibiendo beneficios por ser hijo de un esclavo con dinero. Recuerdo cuando le dije, no voy a estudiar derecho, ni arte, ni nada, papá, me largo de esta casa, y no te atrevas a retenerme. Ahí sí se lanzó con los dedos crispados contra mi cuello, tal como lo había echo algunas veces contra mi madre, cuando aparecía ebrio. Pero esta vez yo fui más rápido, lo esquivé, cogí un cuchillo y no desaproveché la oportunidad para quitarme de encima tanto desprecio.
Afortunadamente la llamada me sacó de tanto desasosiego y me trajo hasta esta Ciénaga, donde estoy frente a Graciela y mi propio hijo, eterna víctima de mis defectos, pese a que con esfuerzo, durante un tiempo dejé de beber y entonces me encontré con un ser desconocido. Del pequeño que alguna vez arrullé ya no quedaba ningún rastro: aunque mucho más delgado, era tan alto como yo, con la mirada sombría y no llegaba a casa todas las noches. Sin duda estaba dando malos pasos. Más que alcohol, muy posiblemente también se estaba drogando. Fue tanto mi distanciamiento que el pobre se desvió y estaba desapareciendo frente a mis ojos y yo no me daba cuenta. Lo peor era que no podía decirle nada, pues hacía tiempo yo lo había abandonado primero. La juventud transcurrida en soledad genera sentimientos de reproche y desprecio que son como abismos insalvables entre los padres y sus primogénitos.
Así fue que, con una mujer que no me atraía y con un hijo al que cada día sentía más lejos, me vi ante una absurda encrucijada, como si estuviera en la calle, frente a dos puertas que tenían candado por dentro. Y como en la calle me la pasaba la mayor parte del tiempo, recaí en los engañosos paraísos del asfalto: largas rutinas de alcohol y mujeres fáciles que me carcomían el cerebro, dejándome al margen de ese mundo familiar que me parecía patético.
Y hay hechos que tal vez no tienen origen pero se desarrollan y repiten con un final prestablecido. En esta ocasión fue la noche que volví en mí, justo mientras pateaba el vientre asqueroso de Graciela. La arrastré por el piso hasta una pared contra la cual la levanté presionando su cuello. Olvidando otra vez a mi hijo, fui apretando cada vez más fuerte, sintiendo cómo mis dedos se enterraban en su aorta. Pero alguien haló mi camisa con tanta fuerza que de repente estaba rodando por el suelo. Cuando me detuve, concentré mi ebria atención en averiguar quien había sido. Miré hacia arriba y lo que me cayó encima, ahora puedo asegurarlo, fue el castigo más inevitable de los que merecía:
El joven preso, el feto de Graciela que no había visto la luz y sin embargo ya había sido mi hijo, con un cuchillo en la mano, saltó e inmovilizó mi cuerpo, poniendo sus rodillas sobre mis brazos, su tronco sobre mi pecho y, gritando en una lengua extraña, empezó a acuchillar mi abdomen, lentamente, soltando una puñalada a la vez, disfrutándolas mientras ascendía desde el ombligo hasta mi pecho. Impotente cada puñalada me fue arrancando todas las probabilidades de redención. Y antes de perder la conciencia y convertirme en este viento nocturno que vaga de ventana en ventana, en busca de un hombre que me respire y siga eternizando esta maldita costumbre, tras la sangre, vi a mi hijo, alzando al cielo el cuchillo y dejándolo caer con justicia sobre el corazón de su padre, matándolo, tal como alguna vez yo también tuve que matar al mío.