HORROR VACUI
lunes, 5 de marzo de 2012
lunes, 27 de febrero de 2012
domingo, 30 de enero de 2011
Cuento (de lo que empezó como una Crónica):
TRES MONÓLOGOS A PARTIR DE UN CONCURSO LITERARIO
El ganador
Soy el ganador. No deseo darme ínfulas, pero he leído los textos finalistas y sin duda alguna el mío es el mejor, el más incisivo, el más corto y en consecuencia, el que conecta el knock-out más rápido. Sólo yo tengo esa prosa rítmica, progresiva, con las palabras medidas y encajadas perfectamente como lo dientes en los maxilares. Todos los otros escritores eligieron temas interesantes. Es innegable. Sin embargo, y esta no es sólo mi opinión, yo plasmé con mejor forma la escultura sobre el papel de un padre violando a su hija de apenas doce años. Y digo que ésta no es sólo mi opinión porque también los jueces la comparten. Ellos la han expresado en el comentario que se lee junto a mi relato. Mucha confianza en su intento de innovar. El tema es excepcional, complejo y patético, requisitos imprescindibles en todo lo que se escribe. Lleva de la mano al lector, regalándole de a una caricia por vez, para provocarle un éxtasis completo, sicológicamente aturdidor.
Aturdidor, así resultaría para la esposa de mi vecino leer el relato. Es el ganador, claro, está estéticamente elaborado. Sin embargo, lo que tuve que ver para poder escribirlo, no estoy seguro si fue muy artístico, pero sí muy repugnante. Sucedió una noche cuando me cortaron el agua y fui al apartamento de al lado a ver si me regalaban un poco. Golpeé la puerta y ésta se abrió unos centímetros. Entré a la sala donde, por estar las luces apagadas, supuse que no había nadie en casa. Pero me deshice de la suposición cuando escuché el sonido de un televisor. Me pareció que era en la habitación principal y me dirigí hacia ella. En efecto, al llegar comprobé que había alguien adentro. Caminé en puntas de pie y me asomé por un resquicio de la puerta. Ahí encontré a mi vecino, totalmente desnudo, masturbándose frente a su hija. La pequeña yacía dormida boca arriba sobre la cama. Quedé estupefacto. Y la estupefacción se convirtió en miedo y asco cuando mi vecino se acercó a su hija y le sacó la ropa con la que dormía. Luego se acomodó a su lado y empezó a restregar su pene contra la vagina sin vellos de la niña. Ella, al sentir la fricción, se despertó, pero no tuvo una gran reacción: sólo gimió un poco cuando el padre le introdujo su órgano lubricado. Sin mover los brazos, permaneció quieta, despierta sin ninguna duda, pero con los ojos cerrados. De vez en cuando, en el ir y venir del hombre, ella fruncía la cara. Y yo afuera de la habitación temblaba, aunque no podía dar ni un solo paso. Me sentía horriblemente atado a las baldosas que en ese momento pisaba. Gotas de sudor bajaron por mi espalda. La respiración se aceleró, pero tuve que controlarme al ver que mi vecino ya había terminado y caminaba en dirección al lugar donde me ocultaba. No sé qué sería de mí si el hombre no hubiera regresado para besar la frente de su hija: gracias a eso pude evitar que me descubrieran y salí corriendo hacia mi apartamento, sin agua, pero con medio texto escrito en la cabeza.
Ahora que soy el ganador del concurso, finalmente comprendo aquel proverbio que dice que en todo lo horrible siempre hay algo bello. Bello al menos para mí que, gracias al dinero del premio, he podido viajar al Brasil y subir al Cristo Redentor de Río, no a pedir por las almas de ninguno de mis vecinos, sino a fotografiar las montañas que se alzan en la increíble civilización de Janeiro.
El finalista
Si mi texto fuera realmente pobre, aceptaría que no me hubiesen dado ni un centavo por él y me alegraría porque lo hayan publicado. Si el relato ganador hubiese sido abrumador, algo verdaderamente fuera de lo común, yo me daría a la humilde tarea de encomiar sus virtudes. Pero como estoy seguro de que mi texto tiene mucho valor y está lleno de imágenes más elevadas que la de una violación, pues no me alegro con el librito ese que editaron, ni tampoco pienso exaltar nada del relato premiado.
Edgar Allan Poe escribió que no había mejor forma de empezar un cuento que haciéndolo desde el final. Y yo seguí su consejo. En la primera palabra ya están contenidos el alfa y el omega de toda la historia que narro. Sin cortapisas le digo al lector que el evento ya ocurrió y que ahora él va a enterarse de cómo ha ocurrido. Así de simple, así de artístico. No me desvió jamás de la línea que empiezo a recorrer desde el principio. A veces transmuto el tiempo y hago analepsis, o flash-back en términos cinematográficos. Voy al momento más tensionante y luego retrocedo a las acciones que causaron dicha tensión. En pocas palabras: cumplo con la mayoría de requisitos de calidad que tienen las grandes obras literarias.
Pese a ello, los del jurado se lavaron las manos diciendo que elaboré una obra muy estructurada y no sé qué otras tonterías. Y me dejaron los bolsillos vacíos, apenas con los planes hechos a partir del dinero que le otorgaron al primer puesto. Me había imaginado visitando prestigiosos restaurantes en compañía de mi novia, a quién había prometido comprarle lujosos vestidos como los utilizados por la mujeres de la realeza. También había hablado con mi madre acerca de un viaje que haríamos a la playa, para que ella por fin conociera esa maravilla azul que es el mar y su infinito oleaje. Pero todo se quedó en ilusiones y mi madre aún no ha visto el sol hundiéndose en el horizonte lejano. Es más, al enterarse de que habían publicado un libro con un texto mío, por el cual no me pagaban absolutamente nada, se puso furiosa y me dijo que buscara un trabajo serio, porque eso de escribir no me daba para la comida, ni siquiera para comprarle unos tabacos.
Pero no le voy a hacer caso y seguiré escribiendo y lanzando más carnadas al lago sucio de las competiciones literarias. Como dicen los buenos pescadores, hay que tener paciencia, ya que tarde o temprano algún pez gordo picará el anzuelo… sí, tarde o temprano algún pez gordo picará el anzuelo.
El rechazado
Es decir yo, el autor de los dos monólogos anteriores. Me he visto impulsado a escribir este texto, justo después de recibir la notificación de rechazo en un concurso internacional. Quizás lo hago para ser en el papel lo que no he sido en realidad: un escritor exitoso que recibe dinero por sus creaciones o uno mediocre que sin ninguna ganancia monetaria, al menos aparece en ediciones especializadas.
También es posible que, importándome muy poco el hecho de ser un ganador o un finalista, ya no puedo dejar de escribir, pues la escritura es para mí inevitable, como el castigo que yo mismo he sentenciado; el sueño en el que todo está a mi manera; mi plan de escapatoria más perfecto.
Aunque la verdad escribo simplemente porque leo, sí, la lectura es la causa de todo. Leer es para mi mente lo mismo que comer para mi cuerpo. Me alimento de los libros que se introducen en mí y, como la comida, se transforman para aprovechar de ellos lo aprovechable y lo demás lo deshecho. Mi cuerpo hace esta tarea cuando voy al baño. Y mi mente hace lo suyo escribiendo, lanzando sobre los lectores el banquete literario que he engullido hasta la indigestión, todas esas páginas que he masticado y masticado hasta sentir dolor de cabeza.
Por leer, y después hacer ese proceso tan natural de escribir, por eso vale la pena vivir. Por eso es que yo vivo y no importa lo que diga ningún jurado. Este es mi hermoso sueño y también mi horrenda pesadilla. Pero no leo lo que sea, como hacen algunos. Yo leo con criterio, a los que saben, a quienes se partieron la cabeza para hacer algo nuevo. Y escribo como a mí me gusta, quizás un tanto grotesco, pero si alguien tiene algún problema con esto, pues bien puede irse a la mismísima mierda.
